El condenado a conde y a errante millonario
A veces recuerdo con nostalgia los años en que me transportaba de la manera más rudimentaria, incómoda e incivilizada, aquella adherida a todo aspecto del horror y a nada que pudiera entusiasmar a una persona normal, mucho menos desear volver a tener esas indignantes experiencias, capaces de vejar el espíritu y aumentar el dolor de vivir en una ciudad poco civilizada, preso en una destartalada herramienta móvil que podría ser la tortura favorita de la Inquisición, caso permanecer aún los excesos de la Iglesia en el siglo XXI. Pero el ser humano es un enigma, un paradigma psico-fisiológico lleno de sorpresas, la puesta en escena de una obra absurda que deseamos y peleamos por protagonizar día a día, asaltados por íntimas sensaciones y pensamientos extraños, realizando acciones contrarias a lo que uno considera ‘un comportamiento normal’.
A mí me ocurre cuando paso por Lima: me embarga la nostálgica ternura hacia el horror, como si las formas grotescas y hedores que despide esa ciudad invadieran mi organismo con más alteración en mi sistema que los LSD que consumí en mi juventud. No estoy envuelto en juegos sádico masoquistas, pero algo más fuerte que el raciocinio o el sentido común me impulsa a convulsionarme en una aventura citadina de peligros inimaginables, y decido salir de mi acogedora y segura residencia, vestido de manera sencilla, dinero en las medias (es lo único que no suelen robarle a uno en Lima cuando es asaltado), dejando órdenes a mi atractiva asistente de no llamarme, máximo enviarme algún mensaje, y solo si es muy importante (porque uno cambió mi vida), y voy al reencuentro del caos, de mi pasado proletario.
A mí me ocurre cuando paso por Lima: me embarga la nostálgica ternura hacia el horror, como si las formas grotescas y hedores que despide esa ciudad invadieran mi organismo con más alteración en mi sistema que los LSD que consumí en mi juventud. No estoy envuelto en juegos sádico masoquistas, pero algo más fuerte que el raciocinio o el sentido común me impulsa a convulsionarme en una aventura citadina de peligros inimaginables, y decido salir de mi acogedora y segura residencia, vestido de manera sencilla, dinero en las medias (es lo único que no suelen robarle a uno en Lima cuando es asaltado), dejando órdenes a mi atractiva asistente de no llamarme, máximo enviarme algún mensaje, y solo si es muy importante (porque uno cambió mi vida), y voy al reencuentro del caos, de mi pasado proletario.